Hace una semana volví de viaje de estudio. Fuimos a Mendoza. Escalamos montañas, jugamos en un dique, hice rafting, cabalgata, rapel y tirolesa. Cosas que nunca imaginé que me animaria a hacer, pero que las hice. Me divertí, me reí hasta llorar, lo disfruté muchisimo. Pero aprendí algo que vale más que nada...
La vida es como una montaña. ¿Alguna vez escalaron una montaña? Les aseguro que es lo más doloroso y cansador que existe, pero no se imaginan lo satisfactorio que es llegar a la cima y ver todo el paisaje desde allá arriba. El dolor pasa, el cansancio también, las quejas entran por un oido y salen por el otro, los raspones luego de un tiempo no están más y los moretones también se van, pero lo que perdura y lo que vale es la satisfacción de haberlo logrado, es la sonrisa que compartís con un amigo porque conseguiste lo que tanto querias, es la risa que sacás al acordarte de como te caiste cuando comenzabas, es el abrazo que compartis para saber que no estuviste solo sino que hubo alguien que te dio su mano cuando veia que vos no podias hacerlo por vos mismo.
En la vida hay subidas y bajadas; lo interesante de una subida es que nunca sabés qué es lo que te espera allá arriba y por eso vale la pena subirla. Lo bueno de una bajada es saber que lograste tu objetivo y que sabés que tenes otro por cumplir. Y lo maravilloso de tener subidas y bajadas es que cuando sentís que esa piedra no podés pasarla, de ninguna manera, alguien va a tirarte una mano y juntos van a poder seguir escalando.
Por eso no te rindas sin haber llegado a la cima, aunque estés cansado y sin fuerzas, sigue adelante.